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Quien más, quien menos, todos los vendedores hemos sido presa
alguna vez de
diversos prejuicios tontos, estereotipos de pensamiento,
creencias y paradigmas
que nos han hecho cometer enormes torpezas. ¿Cuántas veces
hemos aceptado
una idea sin tener conocimiento de los pormenores
conceptuales, y la defendimos
a capa y espada…hasta cometer el tremendo error que nos hizo
recapacitar…
o quedar en ridículo frente a un cliente?
“¿Todo
tiempo pasado fue mejor?”
El subtítulo
bien podría servirnos como ejemplo de una frase estereotipada
y
repetida casi hasta el hartazgo. ¿Será cierta? ¿nunca se la
cuestionó? Veamos.
Este no es mundo ni una época fáciles para vivir. No es un
mundo amigable en
el cual interactuar, pero…¿anteriormente las cosas eran
mejores? Si respondemos
sinceramente esta última pregunta, quizá advirtamos que
durante el siglo XX
hubo dos grandes guerras mundiales que dejaron millones de
muertos,
la Gran
Depresión
, el Holocausto, la guerra civil española, Corea, Vietnam,
Malvinas…
sin llegar a pormenorizar algunas de las calamidades ocurridas
en varios de
nuestros países.
No es
tampoco un mundo fácil en el cual comprendernos y agradarnos
entre las
personas sea muy simple. Pero tenemos que vivir en él y al
hacerlo, hay una
persona con la que decididamente tendremos que convivir. Y esa
persona, por
supuesto, es uno mismo. ¡Amiguémonos!
“Pobre
gente, la demás”
¿Y qué
pensamos del resto de la gente? ¿las consideramos sin
juzgarlas a
priori, o las calificamos aun sin disponer información ni
conocimientos sobre
ellos? ¿Qué pensamos del prospecto que está al otro lado de
la línea telefónica,
titubeante en sus respuestas, o tal vez comportándose
demasiado frío o tajante?
¿Será un tonto…o un insoportable? ¿Qué pensamos a priori
del prospecto o
cliente a quien estamos a punto de llamar a la puerta de su
casa o de su
oficina…y de quien tenemos solamente un par de datos
superficiales?
¿Qué
opinamos de ese señor desaliñado, con cara de “mala
noche” que nos
atiende sin demostrar demasiado interés? ¿No será el
presidente de la empresa,
o el CEO, o tal vez el propietario absoluto, multimillonario e
indiferente respecto de
su imagen? Precisamente por ser multimillonario, no tiene
necesidad de “demostrar”
nada.
Y sin
embargo, algunas veces prejuzgamos: “Este
hombre no es un buen
prospecto”; “Este tío no tiene dinero ni para comprar un
alfiler”; “Con
esta persona no llegaremos a hacer trato”; “Esta señora
tiene cara de
‘acidez estomacal’”; “El gerente seguro que es un ogro
que me recibirá
de muy mala manera”.
De tal
forma, con esos preconceptos nos predisponemos a salir del
paso lo
antes posible, y no hacemos ningún esfuerzo por presentar
nuestro producto o
servicio como lo hacemos habitualmente ante otros auditorios,
más formales,
más simpáticos, más acordes con nuestro “mapa mental”
Tengan la plena
seguridad de que fracasamos antes de comenzar; y que la
semilla del fracaso
en estas situaciones está dentro de nuestras cabezas.
Quien
alguna vez ha transitado los jardines e instalaciones de
Microsoft, en USA,
se podrá haber cruzado unas cuantas veces con señores en
bermudas y chanclas,
rasgos orientales, habitualmente indios o paquistaníes,
algunos con sus turbantes
tradicionales, sin
imaginarnos siquiera que estábamos frente a verdaderas
eminencias en ciencias cibernéticas, cuyos honorarios anuales
superan las
siete cifras en dólares.
Mi hijo
menor desempeña funciones técnico-comerciales en una empresa
multinacional de primerísimo nivel, y la entrevista original
la realizó - como
corresponde - presentándose
con un traje impecable, camisa y corbata de
seda italiana (obviamente, MI
mejor corbata…!!!) y zapatos nuevos brillosos
como un espejo. El general manager le comentó, muy
amablemente, que
esa vestimenta no era necesaria, y que con ella quedaría
“desenfocado”
respecto del resto del persona, que concurre diariamente con
vestimenta
casual.
Hoy,
cuando veo la indumentaria que utiliza para su trabajo
habitual - salvo
cuando debe viajar -, no estoy seguro si es un ejecutivo o el
mandadero de
la compañía!!! Su tarjeta de presentación dice algo así
como: “Coordinador
General del área de xx,
para clientes corporativos de USA...!”.
Atención
que no estoy promoviendo el descuido en la indumentaria ni la
desprolijidad en
la imagen. Usted
es un profesional de las ventas, pero los
clientes tienen todo el derecho de vestir y presentar la
imagen que se les
ocurra. Sencillamente nosotros no debemos juzgar a priori….¡y
vender!
Como
ejemplo de lo anterior, incluiré un desopilante relato que me
fuera
enviado por un amigo panameño, quien me comentó que la anécdota
fue
publicada alguna vez en un magazine de una importante
Asociación en los
EE.UU., allá por el año 1999. No estoy seguro que el relato
sea objetivo y
absolutamente real, pero viene muy bien para graficar los
conceptos
anteriores. Entonces, como dirían en Italia,
“E se non é vero, é ben trovato”.
“¡Estoy
atrapada!”
Durante
un fin de semana en el casino de un hotel de Atlantic City,
una mujer
ganó en las máquinas tragamonedas una cubeta llena de
monedas de
veinticinco centavos de dólar. Decidió tomarse un descanso
para ir a cenar
con su esposo en el comedor del hotel, pero primero quiso
guardar en su
cuarto las cubetas con las monedas.
“Ya vuelvo – le dijo
a su esposo –
guardo esto y nos vamos a cenar”.
Se dirigió
al ascensor y cuando iba a entrar, vio que dos hombres estaban
adentro. Ambos eran negros. Uno de ellos era grande, muy
grande…una
mole intimidante que presionaba el botón para mantener la
puerta abierta.
La mujer
quedó congelada en la puerta del ascensor. Su primer
pensamiento
fue: “Estos dos negros me van a
robar”. Su
siguiente pensamiento fue:
“¡No seas racista,
aparentan ser personas decentes!”.
Pero sus
estereotipos raciales eran muy poderosos y el miedo la mantuvo
inmovilizada.
Permaneció parada y mirando fijamente a ambos hombres.
Estaba
angustiada, aturdida, avergonzada. Rogó que no pudieran leer
sus
pensamientos, pero seguramente ellos sabían lo que le estaba
pasando: su
vacilación en entrar al ascensor era demasiado obvia. Se
sonrojó…no podía
estar allí parada ante ellos, y con un gran esfuerzo dio un
primer paso hacia
el ascensor y luego otro y otro, hasta entrar. Evitando el
contacto visual con
ellos, se dio vuelta y quedó rápidamente de frente a la
puerta con los
negros
detrás de ella.
Sus
temores se incrementaron cuando la puerta se cerró…pero el
ascensor
no se movía. El pánico la consumía:
“Dios mío – pensó
– estoy atrapada y
a punto de ser robada”. Su corazón latía
apresuradamente. Sudaba por cada
poro de su piel.
Luego,
uno de los hombres dijo con voz fuerte :”¿¡Al
piso…¿?”. Su instinto
de supervivencia le aconsejó:
“¡Haz lo que te digan; no pongas resistencia
por una cubeta llena de monedas; piensa en tu integridad física!!!”
Lanzó
la cubeta hacia arriba, extendió sus brazos y se arrojó de
cabeza sobre la
alfombra del piso del ascensor y cerró sus ojos con firmeza.
Una lluvia de
monedas cayó sobre ella. Rogó a Dios que los dos negros
tomaran las
monedas y que no le hicieran daño. Pasaron un par de segundos
que le
parecieron interminables. Uno de los dos hombres le dijo cortésmente:
“Señora, si nos dice a qué
piso se dirige, presionaremos el botón
correspondiente!”.
El que
hablaba, apenas podía articular las palabras, estaba tratando
de no
soltar una carcajada. La mujer abrió los ojos, levantó la
cabeza y miró a ambos
negros. Le ofrecieron sus manos para ayudarla a
levantarse. Confundida,
trastabilló hasta lograr ponerse de pie. El más bajo de los
dos le dijo:
“Cuando
le dije ¿¡al piso!?, quise preguntarle a qué piso se dirigía,
no quise decir que Usted se arrojara al piso, señora…!”
El hombre
se estaba mordiendo los labios, pues a duras penas podía
contener las carcajadas que se revolvían incontenibles en su
interior. Ella
pensó: “¡Dios mío, he hecho un enorme
ridículo!” Estaba muy humillada
para poder hablar. Deseaba disculparse pero no le salían las
palabras. ¿Cómo
se pide disculpas a dos respetables personas con quienes te
comportas
como si te fueran a robar?. No sabiendo qué decir, alcanzó a
tartamudear
el número de su piso.
Entre los
tres recogieron las monedas y rellenaron
la cubeta. Cuando
el
ascensor llegó al piso de la mujer, los dos hombres
insistieron en acompañarla
hasta su habitación. Ella caminaba inestablemente y los dos
hombres temían
que no lograra llegar hasta el final del corredor. Ya frente a
la puerta de su
habitación, le desearon “buenas
noches”.
Mientras
ella se escurría dentro de su cuarto, podía oír las enormes
carcajadas
de ambos hombres caminando hacia el ascensor. La mujer cepilló
su traje, se
peinó, logró calmarse y controlarse. Bajó a cenar con su
esposo.
Al día
siguiente, un ramo de flores llegó a su habitación, era una
docena de
rosas. La tarjeta del ramo decía: “Muchas gracias por habernos
hecho
reír,
como no lo hacíamos desde hace varios años”.
La
tarjeta estaba firmada por Shaquille
O’Neal y Michael Jordan, las
máximas estrellas multimillonarias de la NBA.
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