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IV.4. EL TECHO MAXIMO: VALOR
PERCIBIDO POR EL CONSUMIDOR
En muchas empresas, los precios
se fijan simplemente a base de añadir
un cierto porcentaje a sus costes.
Esta manera de proceder tiene dos
ventajas. Resulta fácil calcular y
fijar un precio, y, si la empresa
goza de costes bajos en comparación
con sus competidores, el denominado
sistema de fijación de precios
"según el coste", parece
aportar un cierto grado de protección
ante los posibles ataques de la
competencia.
La contrapartida a la relativa
sencillez y seguridad puede ser el
conseguir menores beneficios. En
teoría, la cantidad de beneficios
perdidos o no realizados equivale a
la diferencia entre lo que los
clientes realmente pagan y lo que
habrían estado dispuestos a pagar.
El fijar los precios de acuerdo con
el valor que tiene el producto para
el consumidor, en contraposición
con el sistema de fijación de
precios según el coste, entraña
mayor complejidad y está sujeto a más
conjeturas.
¿Cómo puede llegar a saberse cuál
es el valor que tiene un producto
para el consumidor?
En primer lugar, resulta útil
distinguir entre el valor percibido
y valor potencial. Valor percibido
es aquel que el comprador reconoce
en ese momento. Valor potencial es
el que podría tener un producto
para un comprador, tras haber sido
educado sobre la manera de ver y
utilizar el producto. Este objetivo
puede alcanzarse mediante
publicidad, mediante acciones de
venta personal o consiguiendo que el
comprador pruebe el producto.
En segundo lugar, un producto
puede tener diversos valores para
distintos grupos de consumidores o
segmentos de mercado. Distintos
segmentos de consumidores pueden
asignar valores diferentes a los
varios elementos que constituyen el
conjunto de atributos de un
producto. Aquí entendemos
"producto" en su más
amplio sentido, incluyendo el
producto o servicio en sí mismo, su
imagen de marca, su disponibilidad y
el servicio que presta el vendedor.
Una empresa grande puede dar poco
valor al servicio técnico que le
ofrezca un proveedor, porque
probablemente la gran empresa
dispone de unos recursos técnicos
iguales o incluso mejores que los
ofrecidos. Pero una pequeña empresa
puede depender en gran manera de los
servicios técnicos del proveedor.
Por tanto, en el momento de tomar
sus decisiones de compra puede dar
mucha importancia al hecho de que le
ofrezcan este tipo de servicios. Un
usuario de oleoductos de plástico
para conducciones subterráneas de
fluido dará un alto valor a la
calidad percibida a priori, ya que
el coste del cambio de un oleoducto
defectuoso puede ser mucho mayor que
el coste del mismo oleoducto. En
este caso el precio pasa a un
segundo lugar. Por otra parte, un
usuario del mismo tipo de oleoductos
para conducciones por superficie
(sistemas de riego, por ejemplo)
puede ser menos sensible a la
calidad y mucho más al precio,
aceptando el riesgo de defectos.
En tercer lugar, para determinar
cuál es el valor de un producto
para un consumidor, hay que tener en
cuenta las opciones alternativas al
alcance del comprador potencial. Si
un comprador puede adquirir el mismo
producto a un precio inferior a otro
proveedor, evidentemente dicho
precio inferior constituye, de
entrada, el valor máximo del
producto para aquel consumidor
-valor máximo que puede variar en
el momento de la elección,
ponderando, además del precio, la
imagen y el servicio, en su acepción
más amplia, que le ofrecen las
distintas alternativas-. Como
corolario citaremos que para que un
comprador tenga opciones afectivas,
debe conocerlas y han de estar a su
alcance.
El cliente puede también tener
la opción de no comprar el producto
y arreglarse con el que ya posee. Si
esta alternativa existe, la decisión
entre comprar o no comprar puede ser
tomada por comparación del
resultado de actuar de una manera o
de otra. Una empresa industrial
puede escoger entre seguir
trabajando con una máquina vieja o
comprar una máquina nueva mucho más
eficiente.
Estas disyuntivas pueden
cuantificarse. Por ejemplo, en el
caso de la nueva máquina-herramienta
se podrían calcular los gastos de
funcionamiento y compararlos con el
coste de comprar (o de invertir). De
esta manera, el ahorro que pueda
alcanzarse determina el valor de un
producto para el cliente.
Finalmente, el comprador
potencial puede interpretar el
precio fijado por el vendedor como
un indicio del valor del producto.
El comprador interpreta a menudo que
el precio fijado representa el valor
que el vendedor cree que tiene el
producto. Si el propio vendedor no
asigna un valor alto a su producto,
tampoco es probable que lo estime el
comprador. En consecuencia, la
fijación del precio de un producto
muy por debajo de lo que el
comprador pagaría por otro producto
equivalente puede resultar
destructivo. El comprador puede
deducir que, de hecho, el precio
denota el valor y, en consecuencia,
puede escoger la alternativa de
precio más elevado. Este último
caso se da básicamente cuando la
componente de intangibilidad del
producto es una variable
determinante en el momento de la
compra. Así, para elegir un
consultor o al comprar un perfume,
los precios bajos no ayudan en nada.
Es más, perjudican claramente.
Por consiguiente, el valor de un
determinado producto tiende a
depender de:
- La utilidad de sus diversos
atributos para el comprador
potencial
- Las opciones que se le
presentan al comprador y de las
cuales tiene conocimiento,
incluyendo, por ejemplo, los
productos ofrecidos por la
competencia, así como la opción
de no comprar nada.
- Hasta qué punto el comprador
percibe el precio en sí mismo
como una medida o un indicio del
valor del producto.
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